Venerable dama, después de todo, lo lograste. No lo digo por el máximo fracaso en tu certamen de alaridos; sino porque al fin lo que tanto querías sucedió: terminé mi relación con tu dulce hermana. Alégrate, es un logro más en tus años de solista. Qué dirían, ¿verdad?, pues claro, un mesócrata descarriado, anarquista y cronopio para colmo, y si le añades lo de esquizoide, es peor, ¿cierto?, que anada en amores con tu hermana... Claro, felicitaciones, pequeña contante. Ojo, no es cantante sino CONTANTE, y no cualquier contante; sino de CHISMES. Y alégrate, porque de eso no pasarás. Es que es fácil opinar de algo que no se conoce... Por eso tus alardes pop-ulachos. Y esas mentirillas, porque vives de mentirillas. Eres la burgués más corrompida que existe y te engañas pensando que eres un cantante pop. Explotas a todos y no das nada y eso es ser el peor capitalista. Vives de arriba, que asco das. Te ríes del mundo y de las personas pero quieres que el mundo te alimente de fama. Otros te proporcionan lo necesario y tú sigues creyendo que es lo corriente. Qué inútil eres, que mantenida, mírate un poco, baja de ahí. Siempre estás en creerte una artista y te haces la genio. Cultivas tu aire ausente y despreocupado porque te supergusta hacerte la rara. Te haces copar, cómo engañas... Cómo disfrutas incumpliendo lo que en esa iglesia te inculcan, y no es para menos, cuando una sarta de palurdos fluctúan como moscas, para que no sea oiga grosero, en un terrón de azúcar caído de tu vaso de leche.
Pero, claro tú qué sabes de poesía y de melomanía. ¿Sabes quién sabe de melomanía y es una verdadera? Una SEÑORITA que pasea mi apellido por el país, y se llama Mabela Martínez, y sabe de múscia y se cataloga como verdadera melómana. Nosotros somos lagrimones a su lado, y no conformo con eso, no sé tú. Termino este dolor anarco-enamoradizo con una frase que te debe de encantar, quizá porque desconces su significado: Todo lo que se hace en esta vida, se paga. Y vuestra cuenta ya está gordita, créeme. Yo hablo con Dios, cuando puedo, y él me dice eso...
lunes, 27 de octubre de 2008
lunes, 20 de octubre de 2008
A ella
Te rogué tanta piedad, y no recibí una línea de ti. Por eso estas lineas:
Desde aquella vez en que fuimos novios, me quedó ese resabio, esa duda, ese gusto por las chicas que tienen el cabello negro y usan lentes. No sabes cuánto añoro esas noches. No sabes cuánto añoro ese cabello despilfarrándose por la cama. Y esos mechones entres mis dedos. Y esos mostachos. La más bella historia de amor que tuve. Considéralo como una carta de amor, que se pinta descreído entre mis líneas. Nada es más amado, como cuando te perdí. No he vuelto a sentir lo mismo. Quizá, sí mejor; pero no igual, y eso te hace única.
Ojalá entiendas el alma de estas líneas y sonrías porque en mí siempre tendrás un silencioso admirador que esperará lo que haya que esperar por un último beso, porque me debes uno, el de despedida. Y siempre que mire tu casa recordaré que tus sentimientos, cual palomas erráticas, anidan en un pérfido pecho.
Si gustas llámalo despecho. Es más seguro estar en el olvido que morir en este precipicio abúlico y engorroso llamado añoranza de tus noches...
Desde aquella vez en que fuimos novios, me quedó ese resabio, esa duda, ese gusto por las chicas que tienen el cabello negro y usan lentes. No sabes cuánto añoro esas noches. No sabes cuánto añoro ese cabello despilfarrándose por la cama. Y esos mechones entres mis dedos. Y esos mostachos. La más bella historia de amor que tuve. Considéralo como una carta de amor, que se pinta descreído entre mis líneas. Nada es más amado, como cuando te perdí. No he vuelto a sentir lo mismo. Quizá, sí mejor; pero no igual, y eso te hace única.
Ojalá entiendas el alma de estas líneas y sonrías porque en mí siempre tendrás un silencioso admirador que esperará lo que haya que esperar por un último beso, porque me debes uno, el de despedida. Y siempre que mire tu casa recordaré que tus sentimientos, cual palomas erráticas, anidan en un pérfido pecho.
Si gustas llámalo despecho. Es más seguro estar en el olvido que morir en este precipicio abúlico y engorroso llamado añoranza de tus noches...
jueves, 9 de octubre de 2008
A SANDRA
"Sabina es un mejor autor que cantante", en eso estoy de acuerdo. Y su voz, rajada, triste, crepitante, profunda, lacónica. Qué bueno es carecer de inteligencia para sentirse bien criticando lo que no se entiende. Por eso, entre otras cosas, dejé que escribieras y vomitaras lo que quisieras de tus cantantes, buenos de por sí; pero exagerados y llevados al mesianismo ofensivo hasta para el mismo Mesías. ¿Perales? ¿Sabina?... ellos sí son poetas con neuronas frente al impresentable de Arjona, que parece que en su compu tiene una lista de palabras con otras que riman. Especialista en el absurdo más abominable, canciones como "Dime que no", "Tu reputación", "Parece que no estoy tan solo" tienen letras y poemas que ni él mismo se creería.
Pero, como te dije, Sandra, soy ferviente sabinero y es que sé qué consumo, pues. Sé de lo que hablo. ¿Charlatán? Claro, es fácil decirlo cuando no se lee más que las canciones pop y no un buen libro del Gabo, Reverte o Bolaño. Pero, bueno, sigo con mi apología: Sandra, tienes cara de genio. Y tus sentencias. Se nota tu lucidez en entender la musica pop-ular, pero no los juglares urbanos, en saber diferenciar el producto enlatado y lo que nace del alma. La voz puede ser quebrada y ser toda musica, y puede ser toda perfeccion y no ser nada, solo basura. Sandra, ya que eres tan petulante y tan profunda, aprende a captar lo escencial, no la cascara.
De acuerdo con que la voz de Sabina es pésima. Pero así me encanta, porque Sabina es un genio de genios. Su voz es única y su temple aguerrido. Por eso lo admiro. Lo ubico con Beethoven, Mozart, Calamaro, Charly y Serrat. Por que un melómano lo abarca todo, no se centra en una sólo género. Te en cuenta que tengo 19 años y eso son dos años más de música y de libros.
Un abrazo descreído...
Ser ofensivo es tu moneda,y yo doy al cesar lo que es del cesar.
Pero, como te dije, Sandra, soy ferviente sabinero y es que sé qué consumo, pues. Sé de lo que hablo. ¿Charlatán? Claro, es fácil decirlo cuando no se lee más que las canciones pop y no un buen libro del Gabo, Reverte o Bolaño. Pero, bueno, sigo con mi apología: Sandra, tienes cara de genio. Y tus sentencias. Se nota tu lucidez en entender la musica pop-ular, pero no los juglares urbanos, en saber diferenciar el producto enlatado y lo que nace del alma. La voz puede ser quebrada y ser toda musica, y puede ser toda perfeccion y no ser nada, solo basura. Sandra, ya que eres tan petulante y tan profunda, aprende a captar lo escencial, no la cascara.
De acuerdo con que la voz de Sabina es pésima. Pero así me encanta, porque Sabina es un genio de genios. Su voz es única y su temple aguerrido. Por eso lo admiro. Lo ubico con Beethoven, Mozart, Calamaro, Charly y Serrat. Por que un melómano lo abarca todo, no se centra en una sólo género. Te en cuenta que tengo 19 años y eso son dos años más de música y de libros.
Un abrazo descreído...
Ser ofensivo es tu moneda,y yo doy al cesar lo que es del cesar.
sábado, 2 de agosto de 2008
Pandajjjjj
Excepto la calidad del sonido (si acaso eso), esa canción es un asco.
"So violento, so macabro", así se llama esa canción, emblema, trascendental en la mal llamada cultura Punk. El videoclip que ronda como un ave por la red, es una muestra patética, exagerada y pésima del amor. Su letras es pavorosa, ruin, ordinaria. Verso libre, rima asonante, hipérbaton, son algunas de las cosas rescatables de esa canción. Yendo al plano musical, no creo, perdonen la subjetividad, que sea una canción, como algunos punkekes cree, una canción digna de admiración. No es lo mejor, si acaso puede, ofrecernos Panda.
Panda: grupete mejicano, pleñudos como Camila, absurdos como el racismo, patético como ver a un punkeke cortarse las venas. La voz del desgreñado ese no es apta para cantar un ritmo tan apresurado e inentelegible como el Punk, ¿o sí?. Muy a prisa, como caballo de carrera, va la batería resonante, chillona y aturdidora. ¿Cómo pueden cantar una canción de amor con esa voz, esa música tan espantosa? Ah, es que no es de amor, dicen, es de despecho. Entonces eso el punk: un ritmo de despecho.
El videoclip de "So violento...", es realmente una tontería, una porquería; insta al suicidio. Pienso que el suicidio es una manera de ejercer nuestra condición de ser libres. No nos dejaron elegir si queríamos venir a este mundo infame, nadie nos consultó, simplemente tuvimos uso de razón y acá estábamos; por eso, al menos deberían dejarnos elegir el día, el momento de nuestra muerte. Pero esta canción, Dios mío, insta al suicidio de una forma desfachata, ridícula. La mejor forma de morir es ahorcado, no hay mucho sufrimiento. Estos, perdonen la palabra, idiotas proponen cortarse las venas. Es ridículo, pues, primero sentirás el dolor del corte, necesarimente tienes que comprometer una vena. Segundo, sentirás como el líquido vital sale de ti, oh libertad. Luego, cuando no aguantes el dolor, querrás buscar ayuda y los pies te pesarán, te desvanecerás. Y verás tu cuerpo enrojecido e inerte, pobre de ti, punkeke suicida.
Analicemos la letra. Este verso: "Te tengo amor obsesivo, un poco tétrico". Eso no es amor. Algo obsesivo no es amor, es una adicción, una enfermedad. Y, aunque Calamaro le cante a esa musa de ojos verdes que tu amor es mi enfermedad, no es obsesivo. La obsesión es la pérdida de razón en el sentimiento. Dicen que el amor verdadero no hace sufrir, bien, asumamos eso como dogma y lean este verso: "Te invito a sentir malestar sin fin", pregunto: ¿eso es amo? No lo creo. Lo mejor del amor es que uno puede ser uno mismo, espontáneo, entonces, ¿por qué sugiere este tipejo, el autor de la letra, que hay que ser calculador?
Una verdadera porquería. Por eso, me quedo con Serrat y Sabina, Calamaro y Charly, La Bersuit y la Trova. Me quedo con la verdadera música. Epa, Bob Dylan. Tú qué opinas, mi fiel amigo, Carlos. Recuerda: De Martínez a Martínez.
"So violento, so macabro", así se llama esa canción, emblema, trascendental en la mal llamada cultura Punk. El videoclip que ronda como un ave por la red, es una muestra patética, exagerada y pésima del amor. Su letras es pavorosa, ruin, ordinaria. Verso libre, rima asonante, hipérbaton, son algunas de las cosas rescatables de esa canción. Yendo al plano musical, no creo, perdonen la subjetividad, que sea una canción, como algunos punkekes cree, una canción digna de admiración. No es lo mejor, si acaso puede, ofrecernos Panda.
Panda: grupete mejicano, pleñudos como Camila, absurdos como el racismo, patético como ver a un punkeke cortarse las venas. La voz del desgreñado ese no es apta para cantar un ritmo tan apresurado e inentelegible como el Punk, ¿o sí?. Muy a prisa, como caballo de carrera, va la batería resonante, chillona y aturdidora. ¿Cómo pueden cantar una canción de amor con esa voz, esa música tan espantosa? Ah, es que no es de amor, dicen, es de despecho. Entonces eso el punk: un ritmo de despecho.
El videoclip de "So violento...", es realmente una tontería, una porquería; insta al suicidio. Pienso que el suicidio es una manera de ejercer nuestra condición de ser libres. No nos dejaron elegir si queríamos venir a este mundo infame, nadie nos consultó, simplemente tuvimos uso de razón y acá estábamos; por eso, al menos deberían dejarnos elegir el día, el momento de nuestra muerte. Pero esta canción, Dios mío, insta al suicidio de una forma desfachata, ridícula. La mejor forma de morir es ahorcado, no hay mucho sufrimiento. Estos, perdonen la palabra, idiotas proponen cortarse las venas. Es ridículo, pues, primero sentirás el dolor del corte, necesarimente tienes que comprometer una vena. Segundo, sentirás como el líquido vital sale de ti, oh libertad. Luego, cuando no aguantes el dolor, querrás buscar ayuda y los pies te pesarán, te desvanecerás. Y verás tu cuerpo enrojecido e inerte, pobre de ti, punkeke suicida.
Analicemos la letra. Este verso: "Te tengo amor obsesivo, un poco tétrico". Eso no es amor. Algo obsesivo no es amor, es una adicción, una enfermedad. Y, aunque Calamaro le cante a esa musa de ojos verdes que tu amor es mi enfermedad, no es obsesivo. La obsesión es la pérdida de razón en el sentimiento. Dicen que el amor verdadero no hace sufrir, bien, asumamos eso como dogma y lean este verso: "Te invito a sentir malestar sin fin", pregunto: ¿eso es amo? No lo creo. Lo mejor del amor es que uno puede ser uno mismo, espontáneo, entonces, ¿por qué sugiere este tipejo, el autor de la letra, que hay que ser calculador?
Una verdadera porquería. Por eso, me quedo con Serrat y Sabina, Calamaro y Charly, La Bersuit y la Trova. Me quedo con la verdadera música. Epa, Bob Dylan. Tú qué opinas, mi fiel amigo, Carlos. Recuerda: De Martínez a Martínez.
sábado, 7 de junio de 2008
Sonriente pensativa
A quien se lo dedico, sabe perfectamente
que se lo dedico a ella...
Tristeza y Soledad
Qué bella que estás, sonriente pensativa;
espero los recreos para verte y enloquecer.
Todos mis gustos se proyectan en ti;
y espero las salidas de clase para conversar contigo
un poco, sonriente pensativa.
Qué provocativa que me pareces,
de seguro ya lo sabes, diva excitante.
Esa cola es el fruto más exquisito,
y esos senos, pequeños, mi disfrute total.
Quisiera raptarte una noche y hacerte mía en un telo,
y, si puedes, pasamos la noche juntos
en el auto de papá.
Hemos pasado tanto tiempo a solas,
aprendimos a no vivir separados.
Existe una afinidad entre los dos,
"Sácame de esra tortura, o déjame en la nada
-lo dijiste cuando no quise pedir perdón aquella vez-,
pero de una vez rompe tu silencio".
"Por tu bien, es mejor alejarnos un tiempo".
"Una desoladora tristeza, un desencanto inútil.
Te extraño. Esta distancia es una tontería.
Tuve una novia, pero no pude olvidarte.
Ahora tengo otra pareja, me quiere mucho,
pero no le puedo corresponder, no la merezco,
no soy para ella, sino para ti, sonriente pensativa"
Ha pasado tanto tiempo, quisiera verte.
Estoy dispuesto a replantear mi vida a tu lado.
Dejo atrás todo, me olvido de dolores y distancias...
Si me das otra oportunidad, me invento
una vida apacible y perfecta como la que te hubiese dado,
si te quedabas conmigo, si tus padres me aceptaban
como lo aceptan a tu nuevo enamorado, sonriente pensativa.
Dos sonetos: uno de amor; él otro tétrico.
Iguales en tantas cosas

Tú, dama prohíbida y elevada;
yo, extranjero en tu cielo absoluto.
Tú, ángel con el ala izquierda quebrada;
yo, un tonto, un ingenuo disoluto.
Tú, lágrima de una tristeza ausente;
yo, noche que te embriaga dulce y lenta.
Tú, reina entre toda la gente,
mis aromas; yo, tu peor vestimenta.
Yo, marido huérfano de mujer;
tú, sola como la soledad misma,
tan callada, cúspide de mi prisma.
Yo, tu alivio y sin ganas de perder
tu beldad descreída. Reina de diosas.
Nosotros: iguales en tantas cosas.
Añoranza de tus noches


A Claudia, saber que existes me tranquiliza
Tú, dama prohíbida y elevada;
yo, extranjero en tu cielo absoluto.
Tú, ángel con el ala izquierda quebrada;
yo, un tonto, un ingenuo disoluto.
Tú, lágrima de una tristeza ausente;
yo, noche que te embriaga dulce y lenta.
Tú, reina entre toda la gente,
mis aromas; yo, tu peor vestimenta.
Yo, marido huérfano de mujer;
tú, sola como la soledad misma,
tan callada, cúspide de mi prisma.
Yo, tu alivio y sin ganas de perder
tu beldad descreída. Reina de diosas.
Nosotros: iguales en tantas cosas.
Añoranza de tus noches

A Jael, efusivo deseo del cual surgen visiones
Tú, religión; yo profano.
Tú sueñas con el mar; yo felizmente
casado. Tú me tiendes la mano.
Yo, insoportable, recibo sonriente
ese paraíso terrible, infierno triste.
Yo en busca de un buen psiquiátra;
tú, aprendiendo a consevir el mar, diste
gran parte de ti: fui tu peor Sinatra.
Tú, enfermedad que ya no tiene cura.
Yo libro prohíbido, novio sin novia,
triste como una pena que se agovia,
Tú aliviaste lo peor de mi locura.
Yo, esquizoide, cristiano, sin abrigo
que de noche añora recaer contigo.
Tú sueñas con el mar; yo felizmente
casado. Tú me tiendes la mano.
Yo, insoportable, recibo sonriente
ese paraíso terrible, infierno triste.
Yo en busca de un buen psiquiátra;
tú, aprendiendo a consevir el mar, diste
gran parte de ti: fui tu peor Sinatra.
Tú, enfermedad que ya no tiene cura.
Yo libro prohíbido, novio sin novia,
triste como una pena que se agovia,
Tú aliviaste lo peor de mi locura.
Yo, esquizoide, cristiano, sin abrigo
que de noche añora recaer contigo.
jueves, 13 de marzo de 2008
Sin nombre
A los catorce, parece que fue ayer,
el rey Melchor se lo hizo bien conmigo,
y me trajo por fin la inspiración.
Aquel adolescente ensimismado que era yo,
con granos y complejos,
en lugar de ensayar física y química,
mataba las horas rimando en un cuaderno a rayas
versos llenos de odio contra el mundo y los espejos;
el mundo, lejos de sentirse aludido,
seguía girando, que es lo suyo, desdeñoso,
sin importarle ni un carajo mi existencia;
y los espejos, cabrones, en vez de consolarme
con mentiras más o menos piadosas,
me sostenían cruelmente la miraba.
Vivía en un sitio lque se llamaba Chorrillos.
Algunas noches, mientras mis padres dormías,
me daban las diez, las once, las doce, la una,
practicaba con sordida en mi flamante inspiración
escuchando los acordes de Blanca y radiante va la novia;
o iniciándone en el furtivo y noble arte de la masturbación,
o susperando por mi prima: una chica hermosa
que suspiraba por un idiota moreno
que tenía una bici de carreras y jugaba al baloncesto.
Sólo se me ocurrían tres maneras de atraer su atención:
triunfar como torero, asaltar un banco, o suicidarme.
Lo malo era que las tres exigían una sobredosis de valor
que yo, ay de mí, no poseía; yo poseía mi cuaderno a rayas,
cada vez más lleno de insultos contra el mundo,
mi inspiración cada vez más acabada
y un plano del paraíso que resultó ser falso.
Y la vida previsible y anodida,
como una tarde de lluvia en blancio y negro.
Pero en la pantalla del ideal cinema,
cuando no daba películas de soldados,
el viento golfo del Sur, le subía la falda a mi prima,
y era domingo, y no había clases.
Y los niños del barrio soñábamos despiertos y en tecknicolor
con pájaros que volaban y se comían el mundo.
Y el mundo que querían comerse los pájaros
que anidaban en mi cabeza, pongamos que se llamaba tristeza.
Así que un día decidí sonreír, sin billete de vuelta,
me subí a un sucio vagón de esos trenes sin destino,
dormí en una cama destartalada, y aprendí
que las malas compañías no son tan malas,
y que se puede crecer al revés de los adultos;
y supe al fin a que sabe los aplausos y los besos y el alcohol
y la resaca y el humo y las cenizas
y lo que queda después del os aplausos y los besos y el alcohol
y la resaca y el humo y las cenizas.
Tal vez por eso, mis ganas de que mis poemas
quieran ser un mapa mundi del deseo,
un inventario de la duda, siete rosas con espinas.
Y cuando las cartas vienen malas,
y amenaza tormenta, y los dioses se ponen intratables
y los hoteles no son dulces
y todas las calles se llaman melancolía,
todavía fantaseo con ser torero,
o con desbalijar sucursales de bancos en quiebra
o con probar mi suerte a la Ruleta Rusa.
Pero ahora, en lugar de entrar a un ruedo y ser torero,
o de escribirle poemas a mi prima,
o de ahorrar para una entrada y ver a Sabina,
escribo en tecnicolor mis noches perdidas,
para vengarme de tantas tardes de lluvias en blanco y negro,
de tantos hombres vestidos de gris,
de tantas primas hermosas
que se van con idiotas morenos que juegan baloncesto,
de tantas bocas adorables que nunca fueron mías, que nunca serán mías.
Aquellos problemas de niñez, trajeron ciertas cicatrices,
y aquellas veces que no amé, me dieron una punzada en el alma.
Pero no me quejo: tengo amigos y memoria y novia y risas
y vaivenes y una mala salud de hierro
y un par de novelas que nunca termino,
que me tienen disfrutando como un padre primerizo.
Y de cuando en cuando, una prima hermosa
me tira un beso desde cualquier lado,
aprovechando en un descuido de su novio,
ese idiota moreno que juega al baloncesto.
¿Que a qué viene a todo esto, Claudia?
pues, a que anochece y esta lluviendo.
Y yo no sabía decirte, que, desde ahora,
esta boca es más tuya que mía.
el rey Melchor se lo hizo bien conmigo,
y me trajo por fin la inspiración.
Aquel adolescente ensimismado que era yo,
con granos y complejos,
en lugar de ensayar física y química,
mataba las horas rimando en un cuaderno a rayas
versos llenos de odio contra el mundo y los espejos;
el mundo, lejos de sentirse aludido,
seguía girando, que es lo suyo, desdeñoso,
sin importarle ni un carajo mi existencia;
y los espejos, cabrones, en vez de consolarme
con mentiras más o menos piadosas,
me sostenían cruelmente la miraba.
Vivía en un sitio lque se llamaba Chorrillos.
Algunas noches, mientras mis padres dormías,
me daban las diez, las once, las doce, la una,
practicaba con sordida en mi flamante inspiración
escuchando los acordes de Blanca y radiante va la novia;
o iniciándone en el furtivo y noble arte de la masturbación,
o susperando por mi prima: una chica hermosa
que suspiraba por un idiota moreno
que tenía una bici de carreras y jugaba al baloncesto.
Sólo se me ocurrían tres maneras de atraer su atención:
triunfar como torero, asaltar un banco, o suicidarme.
Lo malo era que las tres exigían una sobredosis de valor
que yo, ay de mí, no poseía; yo poseía mi cuaderno a rayas,
cada vez más lleno de insultos contra el mundo,
mi inspiración cada vez más acabada
y un plano del paraíso que resultó ser falso.
Y la vida previsible y anodida,
como una tarde de lluvia en blancio y negro.
Pero en la pantalla del ideal cinema,
cuando no daba películas de soldados,
el viento golfo del Sur, le subía la falda a mi prima,
y era domingo, y no había clases.
Y los niños del barrio soñábamos despiertos y en tecknicolor
con pájaros que volaban y se comían el mundo.
Y el mundo que querían comerse los pájaros
que anidaban en mi cabeza, pongamos que se llamaba tristeza.
Así que un día decidí sonreír, sin billete de vuelta,
me subí a un sucio vagón de esos trenes sin destino,
dormí en una cama destartalada, y aprendí
que las malas compañías no son tan malas,
y que se puede crecer al revés de los adultos;
y supe al fin a que sabe los aplausos y los besos y el alcohol
y la resaca y el humo y las cenizas
y lo que queda después del os aplausos y los besos y el alcohol
y la resaca y el humo y las cenizas.
Tal vez por eso, mis ganas de que mis poemas
quieran ser un mapa mundi del deseo,
un inventario de la duda, siete rosas con espinas.
Y cuando las cartas vienen malas,
y amenaza tormenta, y los dioses se ponen intratables
y los hoteles no son dulces
y todas las calles se llaman melancolía,
todavía fantaseo con ser torero,
o con desbalijar sucursales de bancos en quiebra
o con probar mi suerte a la Ruleta Rusa.
Pero ahora, en lugar de entrar a un ruedo y ser torero,
o de escribirle poemas a mi prima,
o de ahorrar para una entrada y ver a Sabina,
escribo en tecnicolor mis noches perdidas,
para vengarme de tantas tardes de lluvias en blanco y negro,
de tantos hombres vestidos de gris,
de tantas primas hermosas
que se van con idiotas morenos que juegan baloncesto,
de tantas bocas adorables que nunca fueron mías, que nunca serán mías.
Aquellos problemas de niñez, trajeron ciertas cicatrices,
y aquellas veces que no amé, me dieron una punzada en el alma.
Pero no me quejo: tengo amigos y memoria y novia y risas
y vaivenes y una mala salud de hierro
y un par de novelas que nunca termino,
que me tienen disfrutando como un padre primerizo.
Y de cuando en cuando, una prima hermosa
me tira un beso desde cualquier lado,
aprovechando en un descuido de su novio,
ese idiota moreno que juega al baloncesto.
¿Que a qué viene a todo esto, Claudia?
pues, a que anochece y esta lluviendo.
Y yo no sabía decirte, que, desde ahora,
esta boca es más tuya que mía.
viernes, 22 de febrero de 2008
Conjunción carnal
se hizo, tal vez, más traumático, pero mucho más inteso
(...) «¿Recuerdas la primera vez que hicimos el amor aquí?», preguntó Angélica. Y Marcelo, besándole, le respondió que yes, porque, Angélica querida, cómo no recordarlo si fue el mejor de mis cumpleaños je, je, je. Llegaron hasta la desvirgada habitación de angélica. Allí adentro, se desnudaron, ambos, muy aprisa como si el tiempo disponible se les fuese a acabar, o si el fin del mundo fuera en unos minutos más y hacerse el amor fuese su última voluntad. Apagaron la luz. Se besaron con ansiedad, desaforadamente y con descaro frente a un cristo que, demonios, no podía cerrar los ojos por qué, porque estaba pintado pues. Angélica, a pesar de la oscuridad, llegó por el buen camino hacia su cama besando y jalando a Marcelo, que, por cierto, nunca puso resistencia. Angélica tanteó el sexo de Marcelo, primero lo acarició por encima de la ropa, luego: «Marcelo, quítate el pantalón». Y Marcelo no le dijo nada. La siguió besando recostado encima de ella y echado entre sus piernas. «Apúrate, Marcelo, quítate el pantalón que ya tengo ganas de tirar», dijo Angélica con voz grave y vulgar. Marcelo dejó de besarla, y en la oscuridad soltó una sonrisita como de sorpresa y dijo: «Caracho, Angélica, qué pasó con tu educación. Si vamos a hacer el amor, hagámoslo, pero con educación. No somos perros para andar tirando». Angélica tragó amargura y quedó en silencio. Marcelo se echó a su lado riéndose por dentro a causa del discursillo de hace unos segundos, y pensando que a Angélica se le iban a ir las ganas de tirar. De pronto un suspiro de Angélica interrumpió el maravilloso silencio. Ella se recostó de costado. Hizo poco ruido al sentarse en la cama, luego al pararse, luego al volverse a echar a la cama. Se había desnudado ella misma. Otra vez su mano tanteó el sexo de Marcelo. Y luego le dijo, ella, al oído en un tono de voz suave (sin fingir la voz porque ése era su tono de voz): «Amor, Marcelito, ¿me pasas tu sexo, por favor?». Marcelo sonrió y se abalanzó sobre la mujer-adolescente desnuda que tenía entre sus brazos, y, eso sí, tenía nombre y apellido y era: Angélica Massel. Angélica desnudó a su flaquito, lo dejó en carne viva y cubierto de oscuridad…
En el fondo, Marcelo pensaba triste y constantemente en Verónica. En realidad, no había dejado de pensar en ella desde hace semanas, exactamente desde que la conoció. Y Verónica no lo sabía, mmm… no, no lo sabía porque sino no estaría a solas con Fúcer.
(Otra vez en la cama) Angélica se sentó encima de Marcelo, y se empezó a mover, primero suavemente, sintiendo el sexo de Marcelo dentro de ella. Luego con más violencia. Sus gemidos eran cada vez más fuerte, más agudos, más excitantes. Angélica gemía más y más y más…y arañaba el pecho de Marcelo más y más, jugaba michi en su pecho… Pero Marcelo hacía un grande esfuerzo por mantenerse a la altura de las exigencias vaginales de Angélica, porque aquella noche estaba extremadamente triste, estaba extremadamente solo (así se sentía). A parte, no tenía ganas de hacer el amor, y nunca supo qué estaba pensando cuando le dijo “vamos pues”, a Angélica, quizá pensó que haría el amor con Verónica.
«Angélica, bájate y ponte a mi lado», le dijo Marcelo con voz trémula por el esfuerzo sobrehumano (es que Angélica en verdad parecía una ninfómana). Y Angélica con voz trémula, pero placer, le dijo: «Es…espera…te, ahorita llego…sí…sí… ¡sí!, ¡sí! ¡SÍ! ¡SIIII! ¡Ya llego!». Y Marcelo, fracasando por ser estoico, con voz trémula: «No, ven Angélica, ¡ya!». Angélica lo ignoró y siguió moviéndose y arañando el pecho de Marcelo. «Angélica, por favor, échate a mi lado», suplicó Marcelo. Y Angélica siguió moviéndose y gimiendo allí sentada, sintiendo el sexo de Marcelo, frotando su pubis con el de Marcelo, mirando el techo (al cual no le vendría mal una mano de pintura), tocando sus senos grandes (habían crecido), pellizcándose con la yema de los dedos los pezones más claros del mundo…Angélica ya tenía en placer en el interior, pero quería llegar a un orgasmo, por ello su movía muy alocadamente, «Sí, sí…siiii! Ya llegó», decía Angélica bordeando el orgasmo, buscando el impulso externo para poder llegar. Bueno, y Marcelo cayó en la lujuria y dejó llevar por la lujuria exagerada y ninfomaníaca de Angélica, así que se sentó abrazándola y empujando hacia los adentros de Angélica su sexo, moviéndose al ritmo que Angélica se movía. Y Angélica se excitó más y más y más, pero mucho más que al principio. Marcelo dejó besos regados por donde podía (llámese cuello, pecho, mejillas, boca, pezones, senos). De pronto…Angélica soltó un gemido muy intenso que venía desde el fondo de sus placeres, un gemido más fuerte y prolongado que los anteriores…había llegado al orgasmo; se dejó caer en el pecho de Marcelo (conservando el sexo de Marcelo dentro de ella) rendida, agitada, sudorosa, complacida. Luego se echó al lado espontáneamente, sí, porque no tuvo tiempo de pensar en las palabras que hace rato Marcelo le había dicho. «Ya…, Ya…ves… a-mor… lle-gue… ufs», dijo Angélica agitada y respirando una bocanada de aire después de cada sílaba articulada. Le besó, le dio un abrazo; y empezó a besarle la boca… (Para ello mientras Angélica respiraba y hablaba, Marcelo, que había eyaculado, se cambiaba de preservativo)…y siguió un camino de placeres infelices, pero deliciosos, eso sí, que empezaba en los labios de Marcelo y terminaba a una cuarta debajo de su ombligo. Angélica besó la boca, el cuello, el pecho…y llegó al sexo agresivo de Marcelo, lo besó, lo lamió y jugueteó con él… Y Marcelo estaba en el empíreo. Angélica masturbaba a Marcelo, le hacía caricias púbicas, lo volvía loco, introdujo el sexo de Marcelo en su boca y con la lengua, dentro de la boca, empezó a hacerle masajes. Cuando el sexo de Marcelo quedó otra vez listo para la batalla, es decir, erecto y duro, Angélica se apresuró en sentarse a horcajadas en el pubis de Marcelo. Y Marcelo despertando del placer le agarró de la mano y la jaló pues, carajo, Angélica bájate de allí que quiero hablar contigo. Y Angélica lo besó, y ese beso dijo mucho como que, por favor, Marcelito, una más, ¿sí?, no seas malito, pues, tú sabes que esa es mi pose preferida. Marcelo dijo, por enésima vez: «Ven, Angélica, ven, acuéstate a mi lado». Y Angélica haciéndose la tonta: «No, flaquito, así sentadita me gusta más, es más rico». Y Marcelo: «No, Angélica, sólo un ratito acuéstate a mi lado». Y Angélica: «No seas malito, tú sabes que esta es mi pose preferida». Y Marcelo: «Sí, lo sé…». Y Angélica interrumpiéndole le dijo: «¿Entonces por qué quieres que me baje?». Y Marcelo: «Lo que pa…». Angélica no lo dejó terminar la frase, le tapó la boca con una mano y con la otra se colocó el sexo de Marcelo...
En el fondo, Marcelo pensaba triste y constantemente en Verónica. En realidad, no había dejado de pensar en ella desde hace semanas, exactamente desde que la conoció. Y Verónica no lo sabía, mmm… no, no lo sabía porque sino no estaría a solas con Fúcer.
(Otra vez en la cama) Angélica se sentó encima de Marcelo, y se empezó a mover, primero suavemente, sintiendo el sexo de Marcelo dentro de ella. Luego con más violencia. Sus gemidos eran cada vez más fuerte, más agudos, más excitantes. Angélica gemía más y más y más…y arañaba el pecho de Marcelo más y más, jugaba michi en su pecho… Pero Marcelo hacía un grande esfuerzo por mantenerse a la altura de las exigencias vaginales de Angélica, porque aquella noche estaba extremadamente triste, estaba extremadamente solo (así se sentía). A parte, no tenía ganas de hacer el amor, y nunca supo qué estaba pensando cuando le dijo “vamos pues”, a Angélica, quizá pensó que haría el amor con Verónica.
«Angélica, bájate y ponte a mi lado», le dijo Marcelo con voz trémula por el esfuerzo sobrehumano (es que Angélica en verdad parecía una ninfómana). Y Angélica con voz trémula, pero placer, le dijo: «Es…espera…te, ahorita llego…sí…sí… ¡sí!, ¡sí! ¡SÍ! ¡SIIII! ¡Ya llego!». Y Marcelo, fracasando por ser estoico, con voz trémula: «No, ven Angélica, ¡ya!». Angélica lo ignoró y siguió moviéndose y arañando el pecho de Marcelo. «Angélica, por favor, échate a mi lado», suplicó Marcelo. Y Angélica siguió moviéndose y gimiendo allí sentada, sintiendo el sexo de Marcelo, frotando su pubis con el de Marcelo, mirando el techo (al cual no le vendría mal una mano de pintura), tocando sus senos grandes (habían crecido), pellizcándose con la yema de los dedos los pezones más claros del mundo…Angélica ya tenía en placer en el interior, pero quería llegar a un orgasmo, por ello su movía muy alocadamente, «Sí, sí…siiii! Ya llegó», decía Angélica bordeando el orgasmo, buscando el impulso externo para poder llegar. Bueno, y Marcelo cayó en la lujuria y dejó llevar por la lujuria exagerada y ninfomaníaca de Angélica, así que se sentó abrazándola y empujando hacia los adentros de Angélica su sexo, moviéndose al ritmo que Angélica se movía. Y Angélica se excitó más y más y más, pero mucho más que al principio. Marcelo dejó besos regados por donde podía (llámese cuello, pecho, mejillas, boca, pezones, senos). De pronto…Angélica soltó un gemido muy intenso que venía desde el fondo de sus placeres, un gemido más fuerte y prolongado que los anteriores…había llegado al orgasmo; se dejó caer en el pecho de Marcelo (conservando el sexo de Marcelo dentro de ella) rendida, agitada, sudorosa, complacida. Luego se echó al lado espontáneamente, sí, porque no tuvo tiempo de pensar en las palabras que hace rato Marcelo le había dicho. «Ya…, Ya…ves… a-mor… lle-gue… ufs», dijo Angélica agitada y respirando una bocanada de aire después de cada sílaba articulada. Le besó, le dio un abrazo; y empezó a besarle la boca… (Para ello mientras Angélica respiraba y hablaba, Marcelo, que había eyaculado, se cambiaba de preservativo)…y siguió un camino de placeres infelices, pero deliciosos, eso sí, que empezaba en los labios de Marcelo y terminaba a una cuarta debajo de su ombligo. Angélica besó la boca, el cuello, el pecho…y llegó al sexo agresivo de Marcelo, lo besó, lo lamió y jugueteó con él… Y Marcelo estaba en el empíreo. Angélica masturbaba a Marcelo, le hacía caricias púbicas, lo volvía loco, introdujo el sexo de Marcelo en su boca y con la lengua, dentro de la boca, empezó a hacerle masajes. Cuando el sexo de Marcelo quedó otra vez listo para la batalla, es decir, erecto y duro, Angélica se apresuró en sentarse a horcajadas en el pubis de Marcelo. Y Marcelo despertando del placer le agarró de la mano y la jaló pues, carajo, Angélica bájate de allí que quiero hablar contigo. Y Angélica lo besó, y ese beso dijo mucho como que, por favor, Marcelito, una más, ¿sí?, no seas malito, pues, tú sabes que esa es mi pose preferida. Marcelo dijo, por enésima vez: «Ven, Angélica, ven, acuéstate a mi lado». Y Angélica haciéndose la tonta: «No, flaquito, así sentadita me gusta más, es más rico». Y Marcelo: «No, Angélica, sólo un ratito acuéstate a mi lado». Y Angélica: «No seas malito, tú sabes que esta es mi pose preferida». Y Marcelo: «Sí, lo sé…». Y Angélica interrumpiéndole le dijo: «¿Entonces por qué quieres que me baje?». Y Marcelo: «Lo que pa…». Angélica no lo dejó terminar la frase, le tapó la boca con una mano y con la otra se colocó el sexo de Marcelo...
Marcelo no quería porque no tenía ganas (¡já! cosas de la literatura). Marcelo se quitó la mano de Angélica bruscamente. «Ay, no seas tan brusco», se quejó Angélica. Marcelo se sentó en la cama sin quitarse de encima a Angélica, encendió la lámpara. Ya no era una luz tenue y amarilla la que iluminó la habitación desvirgada desde hace mucho de Angélica, sino que había cambiado en foco je, je, por uno más potente y de luz blanca je, je. Marcelo (cubriéndose los cojos de la luz) vio el cuerpecito de Angélica, sí, su cuerpecito de sirena; la textura fina de su piel color blanco humo; sus senos que ya no eran pequeños, sino que eran suficientes, con unos pezones rosados y aquella pequeña selva de bellos en su pubis.
(Fragmento del capítulo III de mi novela Epidemia de Tristeza)
domingo, 17 de febrero de 2008
Claudia Bazán
lo olvidé para anidad en tus brazos.
Si alguna vez fui bello y fui bueno,
fue enredado en tu cuello y tus senos.
Si alguna vez fui sabio en amores,
lo aprendí de tus labios cantores.
(...)
Claudia es de aquellas chicas que prefieren el buen rock (ya en inglés, ya en español) y no el reguetón, el punk, y el metal (que son tres géneros cuya sólo pronunciación es una falta de respeto). Ella es muy inteligente, analítica, por eso, y porque me gusta la calma que me irradia, la amo. Ella no es como las otras chicas (harén que se aloca con el primer vagabundo que las mira bonito, que se preocupan más por si están guapas que por forjarse un futuro; en pocas palabras, un harén inútil). Cualquiera que viese a Claudia diría que nunca ha tenido enamorado por que es muy seria; dirían, también, que, desde pequeña, iba al colegio en movilidad; que nunca ha ido a discotecas y que su familia es feliz desde la infancia. Podrías decir eso de Claudia, y no te equivocas, no, efectivamente, ella nunca ha tenido enamorado, ha estudiado siempre en un colegio de mujeres, siempre ha ido en movilidad, y, las horas que otras chicas las invierten en discotecas, ella las invirtió en estudios científicos de política, literatura, religión. Y, a causa de ellos, es analítica, crítica de mis versos inocentones, quiere estudiar Ciencias Política y es agnóstica. Con todo lo anterior voy de acuerdo, lo que si no me encaja es que sea agnóstica, yo, aunque mal, creo en Dios. Claudia nunca ha tenido enamorado, según me dice, ¡es virgen de labios!, y, bueno, supongo que de lo otro también, nunca se lo he preguntado, es que no hablo de sexo con ella, bueno sí, pero objetiva y generalizadamente. «Mi chiquititud ha sido muy linda», me dice siempre que la evoca. Cuando me pregunta sobre la mía, yo le respondo con el primer verso del soneto “Tristita”, escrito por Abraham Valdelomar: «Mi infancia, que fue, dulce serena triste y sola…», y ella estalla en risas dulces y repone que es imposible que yo haya tenido una infancia triste… Eso lo dice porque ella no sabe mis secretos.
Claudia ha cumplido 17 años hace unas semanas, no la saludé porque no sabía que era su cumpleaños, ni siquiera me hablaba con ella, es más, yo pensaba que el tipo de mujeres como Claudia existían en la literatura, por eso días. Tiene Claudia unos ojos grandes, inteligentes y sonrientes; su cabello es corto (le llega a la nuca), castaño y fino; usa lentes, y eso la hace ver más intelectual (sus lentes son de marco plateado, cada vez que la veo mirándome por encima de su lentes como quien dice: hola, loco; la amo más); sus cejas son ralas; sus labios rojitos, y eso que no se los pinta, y delgados; tiene un lunar debajo del ojo en donde yo tengo una cicatriz.
No debería decírtelo, pero tiene unos senos pequeños y puntiagudos, si parecen limones (ojalá que ella no lea esto nunca porque me va odiar je, je), se ven así desde la posición donde en ocasiones, porque no soy un enfermo, las veo. Tiene los muslos gruesos… «En el colegio jugaba fútbol», me cuenta… supongo que a eso se debe el grosor exquisito de sus muslos; me imagino que han de ser más níveos que sus brazos y su cuello. Tiene una cintura de avispa, que me gustaría ceñir y perderme allí (como en mis fantasías erótico-mágicas); tiene, y no exagero, las manos más suaves que me han tocado, son de seda, lo sé porque ella me acarició la mejilla hace unos días; dejó, recuerdo, una estela de esperanza en mi mejilla sedienta por un beso suyo.
Sí, Claudia es muy excitante y bella. Te confieso que yo espero los recreos para verla jugar Sudoku y hablar con ella de, quizá, una película recién estrenada, de Mariátegui, de Valdelomar, de música, de política (que es su fuerte). Es una beldad. Con sólo verla me vuelvo loco… Mi locura, o mi impaciencia, me hace espiarle desde un lugar que no me ve (creo). Todas las cosas que me gustan tienen su cara. A los trece, aprendí el “juego de la botellita”, me gustaría jugarlo con ella, aunque no creo que le haga gracia y menos jugarlo conmigo, sí, porque ella es exquisita en sus gustos, yo soy poca cosa para su merced, Claudia. Ah, ella adora los canes, los pequeños sobretodo. Creo que ella haría una pareja perfecta con el enfermo de Mendiola si éste no fuera tan insano y hablo de su perversión por las alumnas. Sólo escuchar el apellido de ese señor me da rasca-rasca y/o arcadas.
Claudia ha cumplido 17 años hace unas semanas, no la saludé porque no sabía que era su cumpleaños, ni siquiera me hablaba con ella, es más, yo pensaba que el tipo de mujeres como Claudia existían en la literatura, por eso días. Tiene Claudia unos ojos grandes, inteligentes y sonrientes; su cabello es corto (le llega a la nuca), castaño y fino; usa lentes, y eso la hace ver más intelectual (sus lentes son de marco plateado, cada vez que la veo mirándome por encima de su lentes como quien dice: hola, loco; la amo más); sus cejas son ralas; sus labios rojitos, y eso que no se los pinta, y delgados; tiene un lunar debajo del ojo en donde yo tengo una cicatriz.
No debería decírtelo, pero tiene unos senos pequeños y puntiagudos, si parecen limones (ojalá que ella no lea esto nunca porque me va odiar je, je), se ven así desde la posición donde en ocasiones, porque no soy un enfermo, las veo. Tiene los muslos gruesos… «En el colegio jugaba fútbol», me cuenta… supongo que a eso se debe el grosor exquisito de sus muslos; me imagino que han de ser más níveos que sus brazos y su cuello. Tiene una cintura de avispa, que me gustaría ceñir y perderme allí (como en mis fantasías erótico-mágicas); tiene, y no exagero, las manos más suaves que me han tocado, son de seda, lo sé porque ella me acarició la mejilla hace unos días; dejó, recuerdo, una estela de esperanza en mi mejilla sedienta por un beso suyo.
Sí, Claudia es muy excitante y bella. Te confieso que yo espero los recreos para verla jugar Sudoku y hablar con ella de, quizá, una película recién estrenada, de Mariátegui, de Valdelomar, de música, de política (que es su fuerte). Es una beldad. Con sólo verla me vuelvo loco… Mi locura, o mi impaciencia, me hace espiarle desde un lugar que no me ve (creo). Todas las cosas que me gustan tienen su cara. A los trece, aprendí el “juego de la botellita”, me gustaría jugarlo con ella, aunque no creo que le haga gracia y menos jugarlo conmigo, sí, porque ella es exquisita en sus gustos, yo soy poca cosa para su merced, Claudia. Ah, ella adora los canes, los pequeños sobretodo. Creo que ella haría una pareja perfecta con el enfermo de Mendiola si éste no fuera tan insano y hablo de su perversión por las alumnas. Sólo escuchar el apellido de ese señor me da rasca-rasca y/o arcadas.
(...)
A Claudia la conocí un sábado por la mañana, en junio, lo recuerdo porque desde ese día me ilusioné para toda la vida. Recuerdo que ella me encontró triste y pensativo, parado y mirando los resultados del último simulacro que dimos. Ella apareció de cualquier lado y le dio cualquier excusa a su aparición como ángel mágico. Yo la había visto antes, pero no de tan cerca como cuando me preguntó cómo me llamaba. Se lo dije y ella suspiró como diciendo: ya lo sabía, lo hice para confirmarlo. Vestía bien (un jeans azul pegado, una casaca amarilla, y, lo que más me gusto, una boina calada negra al estilo del Ché), me miró, y me preguntó que qué hacía. «Miro mi resultado», le respondí. Se quitó la boina y dejó entrever sus cabellos castaños, muy finos, por cierto. Me quedé idiota. Me miraba de reojo y eso me fascinaba. «Me llamo Claudia. ¿Me recuerdas, verdad?», y yo, que no la recordaba del todo, le dije que sí, sí, cómo me voy a olvidar de ti. «Qué haces por acá», añadí. Y ella: «Estudiando je, je, je»; esa risita la sentí burlona, de seguro pensaba que era un idiota por preguntar idioteces. «En qué puesto has quedado», preguntó. Y yo, para impresionarla: «En el segundo». Me felicitó con un palmadita en el hombro, no esperaba más por ser nuestra primera conversación. Pero algo de mí le decía que yo era un idiota, pienso, que quizá mi apariencia mustia, sosegada y de chico que nunca ha tenido chica. Quizá eso le horrorizaba, porque para que un chico de mi edad no tenga chica o había que ser gay o un completo idiota, porque ahora es pecado llegar virgen a los dieciocho. Quizá, tal vez, pensaba que era un vago, un pelele, un perdedor, lo cual me encargué de disipar al exponerle mis ideas y contrastarla con las suyas que no son nada despreciables, porque ese día me di cuenta que era una chica demasiado interesante, demasiada lejana para mis aspiraciones de aprendiz de escritor. Lo cierto, nadie me lo discute (porque nadie lo sabe), es que ese día me enamoré de ella, sobre todo de su intelectualidad… se fue, y ya la amaba para siempre, desde ese días vivo prendido de sus huellas.
Recuerdo que hablamos de política, cultura, literatura y arte, lo cual no es común en una chica porque pareciese que todas la chicas le tienen fobia a ese tipo de cosas; por eso supe desde ese día que Claudia era única e irremplazable. «Al Perú le falta gente que sepa gobernar, no una sarta de gaznápiros que se llenan los bolsillos con dinero ajeno, del pueblo hablo», inició una crítica política cierta de este tiempo. Y yo la halagué diciendo: «Bueno, mi presidenta, para eso ha nacido usted». Unos días más tardes ella me diría: «Cuando te vi parado, yo pensé que eras un vago, un tonto sin oficio, uno de esos que vienen a hacer vida social… Me equivoqué… Aprendí la lección no volveré a juzgar a la gente por su apariencia… Eres admirable». Esas palabras me levantaron lo que se llama autoestima. Ella lo hace constantemente con los halagos que le hace a mi personalidad (aunque no sabe que soy esquizoide), yo sé que ella me ve como un buen amigo, mejor confidente; no como yo quiero que me vea, es decir, su enamorado, su novio, esa sombra que se tumba a su lado en el piso, la acaricia, la besa y espera que se duerma para exhalar un suspiro profundo e insonoro.
Yo le escribo poemas de amor a Claudia, pero, ella no lo sabe. Sabe que quiero ser escritor y por eso se me ha pegado más. «Los escritores son muy intelectuales, tienes un buen futuro», me dice Claudia, creo que así justifica esta amistad. Me gusta hablar con Claudia aunque no tenga nada que hablar, si sucede eso, entonces me siento a escucharla porque ella siempre tiene algo interesante que decir, como, de repente, que han descubierto cierta vacuna para tal enfermedad, o me pide que le dé mis opiniones sobre determinada situación, cuando sucede esto, mis ojos se ponen vidriosos porque nunca antes a nadie le había interesado cómo me siento yo o qué pienso, y precisamente lo que Claudia hace, por eso tiene todo, todo mi amor.
Recuerdo que hablamos de política, cultura, literatura y arte, lo cual no es común en una chica porque pareciese que todas la chicas le tienen fobia a ese tipo de cosas; por eso supe desde ese día que Claudia era única e irremplazable. «Al Perú le falta gente que sepa gobernar, no una sarta de gaznápiros que se llenan los bolsillos con dinero ajeno, del pueblo hablo», inició una crítica política cierta de este tiempo. Y yo la halagué diciendo: «Bueno, mi presidenta, para eso ha nacido usted». Unos días más tardes ella me diría: «Cuando te vi parado, yo pensé que eras un vago, un tonto sin oficio, uno de esos que vienen a hacer vida social… Me equivoqué… Aprendí la lección no volveré a juzgar a la gente por su apariencia… Eres admirable». Esas palabras me levantaron lo que se llama autoestima. Ella lo hace constantemente con los halagos que le hace a mi personalidad (aunque no sabe que soy esquizoide), yo sé que ella me ve como un buen amigo, mejor confidente; no como yo quiero que me vea, es decir, su enamorado, su novio, esa sombra que se tumba a su lado en el piso, la acaricia, la besa y espera que se duerma para exhalar un suspiro profundo e insonoro.
Yo le escribo poemas de amor a Claudia, pero, ella no lo sabe. Sabe que quiero ser escritor y por eso se me ha pegado más. «Los escritores son muy intelectuales, tienes un buen futuro», me dice Claudia, creo que así justifica esta amistad. Me gusta hablar con Claudia aunque no tenga nada que hablar, si sucede eso, entonces me siento a escucharla porque ella siempre tiene algo interesante que decir, como, de repente, que han descubierto cierta vacuna para tal enfermedad, o me pide que le dé mis opiniones sobre determinada situación, cuando sucede esto, mis ojos se ponen vidriosos porque nunca antes a nadie le había interesado cómo me siento yo o qué pienso, y precisamente lo que Claudia hace, por eso tiene todo, todo mi amor.
(...)
(Fragmento de una novela inconlcusa)
domingo, 10 de febrero de 2008
Dos Poemas que me duelen
(I)
Un momento de nostalgia
Para la señorita J.
Voy a tratar de inventarte en mi cabeza
y en lo que queda de mi corazón,
quizá la última vez que nos quisimos un poco:
“Estás allí tú, tendida en la cama
en la misma posición de ayer,
bajo los mismos rayos de luz.
Cubiertos tus pies por sábanas blancas
descansan cual monumentos de mármol.
Pero tu sonrisa va perdiéndose,
y van cambiando tus labios por otros labios
que esperan recibir mis tórridos besos,
y estos se aproximan más a los tuyos…
Estás, ahora, sentada
un poco despeinada y bostezando.
Aunque no estés muy diáfana
yo te invento en mis pensamientos
y en lo que queda de mi lánguido corazón.
Te estoy inventando nostálgicamente.
Te despiertas con rocío en el pecho
y el aroma a miel de la habitación
se impregna en tus cabellos;
la púrpura de la almohada
cobija tus caderas. Tu cintura.
La blancura de las sabanas
te cubre del ombligo a los pies.
Estás desnuda. Lo sé.
Yo también lo estoy a tu lado, ¿no lo ves?
Te echas en la cama y me sonríes
como sonreías ayer por la tarde.
Estás desarropada, ¡arrópate!
No vaya ser que nos resfriemos
O… mejor calentémonos los dos.
Tu sonrisa perdida volvió.
Tus luceros se cierran mientras te beso.
Que las sábanas se ocupen de cubrirme
porque en esta noche te cubro yo…”
Una lágrima incurrió en mi imaginación.
Lo siento, pero ya no te pueden inventar más.
(II)
A un ladrón
Dedicado a un tal Diego Vallejos
Hace unos meses…
Hace unos meses llegó un ladrón a mi vida, que me la destruiría
y se llevaría todo para mí. Me quitaría lo más preciado.
Este ladrón, este desgraciado, me robó tantas cosas en una
y asesinó ilusiones, destrozó mis dos corazones…
Un ladrón sodomita me quitaría tantos momentos felices.
Desgraciado ladrón e infeliz algún día te harán lo que me hiciste a mí.
Ahora el ladrón infame está feliz con lo que me robó;
me robó algo tan preciado. El sabía que la quería, pero eso ni le importó,
eso, por el contrario, lo animaría a que me robe a mi gran amor…
Para qué te la llevas tú, si yo la hacía feliz,
si reíamos juntos mientras lo hacíamos.
Pérfido, ladrón, sodomita te romperán el alma así como rompiste la mía.
Te presentaste en nuestras vidas como un amigo (de ella).
Te ganaste su confianza y yo confiaba en sus palabras.
Bazofia de ladrón te la llevaste, me la robaste y no luché,
ahora que más la necesito es cuando tu más quieres a tu motín.
Ojalá no te pase lo que a mí, porque no sabes cuánto duele.
Ladrón sodomita, hijo de cortesana te aborrezco tanto como amo
a lo que me robaste, a tu motín…
Sé que finges ser feliz con ella y, en serio, sé feliz (por el momento lo eres);
si Dios existe, te hará pagar cada lágrima que derramé.
¿Por qué me tuviste que robar a mí?
Tú bien sabías que la quería y tú dices quererla ahora…
te apuesto que ni siquiera la amas como yo la amé tantas veces.
Ladrón sodomita, hijo de cortesana,
podrás ser feliz con tu motín. Sélo.
Podrás tomar de ella lo que quieras y tómalo…
podrás tener, ahora, sus besos, sus dedos, sus labios, sus caricias,
sus perlas, sus ojos, su cuerpo… pero ella jamás te volverá a dar
lo que me dio a mí hace un tiempo, antes de que llegaras a nuestras vidas.
Este ladrón, este desgraciado, me robó tantas cosas en una
y asesinó ilusiones, destrozó mis dos corazones…
Un ladrón sodomita me quitaría tantos momentos felices.
Desgraciado ladrón e infeliz algún día te harán lo que me hiciste a mí.
Ahora el ladrón infame está feliz con lo que me robó;
me robó algo tan preciado. El sabía que la quería, pero eso ni le importó,
eso, por el contrario, lo animaría a que me robe a mi gran amor…
Para qué te la llevas tú, si yo la hacía feliz,
si reíamos juntos mientras lo hacíamos.
Pérfido, ladrón, sodomita te romperán el alma así como rompiste la mía.
Te presentaste en nuestras vidas como un amigo (de ella).
Te ganaste su confianza y yo confiaba en sus palabras.
Bazofia de ladrón te la llevaste, me la robaste y no luché,
ahora que más la necesito es cuando tu más quieres a tu motín.
Ojalá no te pase lo que a mí, porque no sabes cuánto duele.
Ladrón sodomita, hijo de cortesana te aborrezco tanto como amo
a lo que me robaste, a tu motín…
Sé que finges ser feliz con ella y, en serio, sé feliz (por el momento lo eres);
si Dios existe, te hará pagar cada lágrima que derramé.
¿Por qué me tuviste que robar a mí?
Tú bien sabías que la quería y tú dices quererla ahora…
te apuesto que ni siquiera la amas como yo la amé tantas veces.
Ladrón sodomita, hijo de cortesana,
podrás ser feliz con tu motín. Sélo.
Podrás tomar de ella lo que quieras y tómalo…
podrás tener, ahora, sus besos, sus dedos, sus labios, sus caricias,
sus perlas, sus ojos, su cuerpo… pero ella jamás te volverá a dar
lo que me dio a mí hace un tiempo, antes de que llegaras a nuestras vidas.
No, no ladrón, no lo tendrás, y éste será tu pesar, tu dolor:
que yo, que sí la quiero, lo haya tomado y tú que dices quererla no.
Ésa es justicia no divina, ladrón,
quizá ella ya no vuelva conmigo nunca,
y quizá siga contigo mucho tiempo, pero jamás, en dos vidas,
tendrás lo que yo tomé alguna vez, ése puede ser mi consuelo,
sin embargo no lo es, pero es tu pesar, a cualquier ladrón le dolería.
que yo, que sí la quiero, lo haya tomado y tú que dices quererla no.
Ésa es justicia no divina, ladrón,
quizá ella ya no vuelva conmigo nunca,
y quizá siga contigo mucho tiempo, pero jamás, en dos vidas,
tendrás lo que yo tomé alguna vez, ése puede ser mi consuelo,
sin embargo no lo es, pero es tu pesar, a cualquier ladrón le dolería.
Ladrón me la quitaste sin honor,
se enamoró de ti, sí, pero jamás tomarás de ella
lo que yo tomé de sus labios y de su piel, con amor.
jueves, 17 de enero de 2008
Shock Game
I
La primera vez que coqueteé con la muerte fue con la desinteresada ayuda de Mónica. Un juego, un capricho nuestro. Jugando a ser inmortales caímos en la cuenta de que la inmortalidad se tiene que demostrar. Eso hicimos. Tenía toda mi fe puesta en ella, mi fe, luego mi vida. Sus ojos infinitos me inspiraban una confianza más infinita aun. «¿Vamos?», preguntó. Asentí más por el encantamiento extraño de sus ojos que por el hecho de querer ir.
«Para hacerlo, necesitamos materiales, si no, cómo…», dijo mientras subíamos las escaleras. Dicho eso, me dejó a medio subir en esa escalera que, sin ella, parecía infinita… Volvió al primer piso. Yo la esperé unos segundos. Mientras la veía desaparecer por el pasadizo en donde papá guarda las cosas del auto, suspiré resignado a someterme a una nueva locura de Mónica. Llegué a mi cuarto con un cansancio, como si yo hubiese peleado mil guerras y las hubiese perdido todas. Miré a la puerta si acaso llegaba. Fue vano. Volví la vista hacia la cama, di unos pasos y me dejé caer vencido por mis guerras; cerré los ojos, abrí los oídos para sentirla llegar. Demoró un poco más de lo que estaba dispuesto a esperar. Cuando ella llegó, yo empezaba a quedarme dormido. Sus ojos miopes, la sonrisilla de bandida, las manos en la espalda, su respirar agitado como si hubiese subido corriendo las escaleras o saltando de dos en dos los peldaños; todo lo de ella me gustó. «¿Qué tienes atrás?», pregunté. Ella sonrió y creí que había sido muy ambigua la pregunta. «Sólo tengo lo que necesitamos», respondió. Fruncí el ceño. Me levanté de la cama. De inmediato, puso ella allí, en la cama, una bolsa negra, que era lo que traía a escondidas. Dejó la bolsa y dirigió su mirada al techo, ¿qué buscaba?, ¿arañas?, ¿moscas?, eso le pregunté: qué buscas, Mónica. Y ella, señalándome con el dedo, dijo: «Eso». Era una especie de viga lo que buscaba, y me señalaba, que atravesaba la habitación de extremo a extremo sin sostener el techo. Se sentó en la cama, sacó la soga y, con paciencia de pescador, empezó a hacerle nudo a un extremo de la soga. Quedé mirándola con una especie de miedo y avidez. Sabía que nada bueno podía trae ese nudo ¿o sí?
Una vez listo el nudo, se puso de pie y midió no sé qué de la viga. Se acercó a la viga arrastrando la soga y una silla. Puso la silla perpendicularmente a la viga. Yo miraba absorto, sabía a qué iba a llegar y, sin embargo, me daba por recién entendido. Pasó la soga por encima de la viga cogiendo el nudo, dejando caer el otro extremo y haciéndome un ademán para que cogiera esa parte de la soga. «Ten, cuando te diga, sostienes fuerte, ¿de acuerdo?», dijo. No sé por qué accedí, quizá porque seguía fascinado por sus ojos maravillosos.
Subió a la silla para ponerse la soga en el cuello. No parecía tener miedo, al menos miedo no era lo que sus ojos reflejaban, todo lo contrario: parecía que desde hace mucho venía practicando tan macabro ritual, y el juego, desde luego. Guiñó el ojo y dijo: «Jala». Empuñé la soga con fuerza. Ella dio un brinco y pateó la silla… Quedó suspendida en el aire, apretando los dientes, cerrando fuertemente los ojos, con las manos tratando de desajustarse la soga… Y yo, mirándola y soportando su peso, absorto y queriendo acabar este juego. La miro con miedo. Ella patalea, parece que quiere gritar, y no le salen las palabras porque yo se lo impido al jalar la soga así… Se pone morada… Todo su rostro pálido se vuelve exangüe… Los ojos se le saltan levemente junto a dos lágrimas… El cuello y el rostro, morado… Sentí un miedo, miedo de hacerle daño a la chica que me quiere más que a su propia vida, y es precisamente daño lo que le hago al jalar así la soga.
No aguanté cargar con la culpa, con ese cargo de conciencia y solté la soga. Ella cayó bruscamente al suelo. Un sonido sordo, un golpe sordo se escuchó. ¡Plop!, y un polvito levantándose del suelo. No hubo nada más ni su respirar agitado ni nada. Me acerqué a ella asustado, los ojos vidriosos. Balbuceé: «¡Mónica, Mónica!, ¿estás bien?». Ella no se movía. Las lágrimas incipientes se hicieron llanto desesperado. Me arrepentí de haberle hecho un daño acaso irreparable, pero ella no se movía. Y así, llorando y arrepentido, me acerqué a abrazarla…
Fue en eso que ella se movió al sentir que la abrazaba. Quiso articular palabras, pero no pudo. Le ayudé a desanudarse la soga del cuello. Ella no me miraba, ¿estaría amarga con quien casi la asesina?, no la culpo. Empezó a toser raudamente. Fue recuperando su palidez habitual. Yo la veía con una verdadera sonrisa, una de felicidad. «Discúlpame, Mónica, no era mi intención hacerte daño», le supliqué. Ella me miró indiferente. Luego de soslayo. Luego, posó sus ojos benditos un rato en los míos. Siguió tosiendo: «E-res… un… im-bé-cil…, un… i-dio-ta», dijo entrecortándose por su propia tos. Bajé la cabeza escondiendo una sonrisa, la bajé para soportar las veces que Mónica quiera llamarme idiota o imbécil, cualquier insulto era poco para lo que estuve a punto de hacer. «Eres… —empezó— un…imbécil…, un idiota», ahora sin tanta tos de por medio. La miré para asegurarme, ahora lo comprendo, si en verdad respiraba. Volví a bajar la mirada. «Eres —continuó— un idiota, no debiste soltar la soga así», se puso de pie, recuperó totalmente su palidez, se quitó la soga del cuello y me la entregó. Me miró casi indiferente y repitió: «Eres un idiota…», se agachó, cogió su tobillo e hizo una mueca de dolor. «Ya ves, ya me lastimé por tu culpa», dijo. «Perdón, no era mi intención», me disculpé. Ella me miró, con una mueca dulce que me hizo comprender que estaba perdonado. La abracé como mi madre me abraza, fuerte. No había muerto, seguía siendo ella y yo la amaba así. Ella correspondió a mi abrazo, me besó la frente y me dejó respirar su aroma, su fragancia. «Qué se siente estar al filo de la muerte», le pregunté, quizá inoportunamente. Ella sonrió con una especie de mueca, me besó la frente y dijo: «Ah, es indescriptible, tendrías que probarlo tú mismo», me echó una mirada y me apretó contra su pecho. «¿Te animas?», preguntó casi irónica. Sonrió y me insistió con la mirada. ¿Probaría yo lo que se siente estar al filo de la muerte?, ¿u optaría por quedarme con la duda hasta el día en que me entre la curiosidad otra vez?
II
No sé cómo, pero ahora estaba parado, con la soga en el cuello, sobre la silla que tenía que patear luego de brincar. Quizá otra vez influyeron en mí sus ojos impolutos, que siempre me han tenido fascinado. La miré con los ojos vidriosos, yo ya no quería seguir jugando, se lo supliqué con la mirada, pero ella dijo: «Tú dirás…». Entendí que cualquier súplica era vana. Mónica se enrolló la soga en el brazo y se alistó a sostener mi peso… Di un brinco e intenté patear la silla, que no se alejó mucho… Pude ver cómo ella hacía fuerza para sostener mi peso. Sentí un dolor en el cuello, luego una picazón por todo el cuerpo, el aire vaciándose de mis pulmones. Sentí los ojos hinchados, la circulación cortada en mi cuello. Perdí contacto con la realidad, con el mundo. Un leve dolor… Era la soga en mi cuello… Mis ojos estáticos intentando comprender por qué Dios me miraba triste desde cualquier lado porque Él es omnipotente, y ahora triste.
Escuché un vago ding-dong resonar por mi sala, no estoy seguro, de ese día no estoy seguro de nada, excepto que casi mato a Mónica. Mónica se acercó hacia mi y me dijo: «Ten, sostén un toque, ahorita vuelvo». Me entregó su lado de la soga. La cogí con la mano que no intentaba desanudarme, es decir, la mano temblorosa y crepitante. Me pareció tener un año colgado, pero recién, cálculos posteriores, iba quince segundos y contando…
Mi vista empezó a nublarse, todo estaba borroso; mis pulmones empezaron a acartonarse, el cuerpo ya no me pesaba, no había dolor ni aire ni sangre en el rostro, por ello se me puso morado. Me sentí una pluma capaz de volar con cualquier viento. Una brisa helada recorrió mi espalda y contrajo mis extremidades. La fuerza se me fue… los recuerdos llegaron: Papá y Mamá abrazados… Mónica llevándome a bibliotecas… Mi hermana creyendo que yo soy el hermano malo que sólo hace llorar a mamá. La lágrima que salió no fue por el temor de dejar la vida, si no por la nostalgia de ésta. Mi cuerpo se adormeció todo. Sentí un hilo de éter recorrerme la médula espinal, luego el cerebro, propagando un letargo por esas zonas nerviosas. Mis dedos, ñatos y contraídos, temblando y perdiendo rigidez. El abdomen se me hizo un globo desinflado. Los pulmones, acartonados. Un segundo hilo de éter recorrió mis piernas y les arrebató la motilidad. Ese mismo hilo mató cada terminación nerviosa en mi cuerpo. Sentí a Dios darme la espalda por ser yo un suicida; le supliqué Su perdón con los ojos desorbitados, la garganta extremadamente herida, lengua afuera y el rostro cárdeno. Una nubosidad deformó la habitación ¿o mi visión? Las fuerzas me abandonaron para siempre. El hilo de éter recorrió mi pecho y acechó a mi corazón, que latía por costumbre y sin oxígeno; el hilo llegó a mi mano entumecida y mató cada terminación nerviosa que sobrevivió… Sentí un placer casi sexual e infinito, ningún ruido, el vacío del mundo y lo estúpido de la existencia, un sosiego, ninguna preocupación, una paz como cuando uno duerme luego de leer… pero fue efímero, me acerqué más a la cama de la muerte, que es mujer. Las fuerzas me dejaron levitando un fracción de segundo… Caí bruscamente al piso…
Sufrí un desmayo. Cuando me volvió el alma, me di cuenta de que el ángel que me hacía caricias casi de verdad, era Mónica, sollozante y alterada, pero intentando no demostrarlo, cosa que no podía. Me acarició los ojos y me quitó la nubosidad. No sentí mi cuerpo. Quizá había muerto por cuestión de segundos. No sentí nada más que mi alivio y paliativo favorito: la voz de Mónica. Me besó en los labios, casi con amor, diría yo que fue un estipendio por haber sobrevivido a mi propio funeral. Se preocupó por mí, me abrazó, me amaba aunque sea unos segundos. Todo eso en un segundo. Sentí unas hormiguitas recorrer todo mi cuerpo. Tuve un largo acceso de tos, escupiendo muerte y sangre. «E-res… una… ton-ta», le dije imitándola hace un rato. Ella interpretó mi papel y bajó la cabeza. Continué: «No debiste dejarme colgado así…», me cogí el tobillo, fingí una mueca de dolor y dije: «Ya me lastimé le tobillo por tu culpa». Ella sonrió y me apretó contra sus senos exquisitos. Me quedé a gusto en esos monumentos de carne que Mónica poseía, inhalé sus fragancias… Para mi sorpresa, volvió a besarme la boca, su lengua golpeaba mi encía. Yo no sé besar. Quise ponerme de pie, hice el intento, pero… Un aguijón me hincó en la espalda, me quedé estático para que no se propagara el dolor por todo el cuerpo, hice una mueca de dolor muy cierta y… ¿Mónica riéndose?... Sí, se reía. «Al caerte —explicó—, no fuiste a dar al piso directamente sino que te golpeaste la columna en la esquina de la silla». Ella rió burlona, tenía toda la razón: soy un idiota. Dijo que vio mi caída, así que creí su versión. Dijo, además, que me quitó la soga al verme convulsionando y con los ojos blancos, cosa que no recuerdo. Me recostó en el piso, puso sus manos en mis ojos y dijo: «Recuéstate, relájate y duerme, quizá esto sea un sueño». No sé por qué siempre le hago caso, ese día no fue la excepción. Me reconcilié con Dios y le agradecí por haber creado a una mujer como Mónica. Ella me arrulló y así me quedé dormido sin sentir el aguijón en mis lumbares…
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